domingo, 8 de agosto de 2010

Tanto marmol me ciega

Dubrovnic es una pasada, pero como todo, tiene sus peros. Lo mejor, sin duda, son los helados, y los adoquines de marmol que te ciegan en los dias de sol - que son la mayoria -. Los edificios medievales totalmente reconstruidos y restaurados son el complemento perfecto a una intrincada red de callejuelas por las que pasear hasta hartarte. Sin embargo, en estos paseos hay una dificultad anadida: las aglomeraciones de turistas que inundan las calles procedentes de los grandes cruceros cual invasion pirata. Es imposible caminar por alguna de las principales calles sin tropezarte con varias decenas o evitar que una bola de helado acabe en algun lugar diferente al que estaba destinado.

Una de las principales actividades que llevan a cabo todos los que desembarcan en Dubrovnik es recorrer el paseo de ronda. O lo que es lo mismo, recorrer el perimetro de la muralla, desde donde las vistas, tanto de la ciudad como de los alrededores, son excelentes. En la ciudad se distinguen perfectamente los tejados nuevos, reconstruidos despues de los bombardeos, de los que sobrevivieron a los obuses de la guerra de los noventa.

El paisaje de los alrededores es una maravilla: los grandes veleros navegan entre las islas o estan fondeados en cualquiera de las multiples playas; los pinos llegan hasta el mar junto a alguna iglesia enclavada cerca de una pequena cala y los banistas se tiran al agua desde balnearios naturales de roca metidos entre los acantilados.

Sin embargo, las calas, que tan maravillosas parecen desde lo alto, se convierten en un suplicio en cuanto te descalzas las chanclas. Y es que son de piedras como punos. Pero en cuanto entras al agua, fria como el hielo, se te pasa todo.

En un principio, segun la pagina web de reservas, el hostal estaba a unos 20 minutos del centro, pero al parecer el tipo caminaba muy rapido. Al final, con el autobus de linea nos moviamos bien, y desde alli era facil llegar tanto a la ciudad antigua como a las hermosas playas de piedra.

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